Madre de tres adolescentes, su cuerpo aún marcado por las noches sin dormir y las caricias de antaño.
Casada desde hace dieciséis años con un hombre cuyas manos conocen cada curva… y sin embargo no adivinan todo.
De día, secretaria de dirección: traje entallado, moño impecable, sonrisa que no delata nada.
Anota, organiza, murmura «sí, señor» corteses mientras su pulso se acelera cuando una mirada se demora demasiado en el nacimiento de su garganta.
De noche, cuando la casa se duerme, deja caer la máscara.
Bata de seda que resbala por el hombro, copa de tinto profundo llevada a los labios como una promesa.
Sus dedos rozan páginas prohibidas, recuerdos nunca compartidos, fantasías que guarda en el hueco de los riñones.
Le encanta el contacto del satén contra su piel cuando nadie mira.
El perfume de un hombre que no es el suyo, capturado un instante en un ascensor abarrotado.
Mensajes que borra al instante, esos que hacen subir el calor entre sus muslos sin que ella se haya movido un milímetro.
«Siempre disponible, siempre perfecta», dicen sus colegas.
Ignoran que sabe exactamente cuántos botones abrir antes de que la mirada se vuelva suplicante.
Ignoran que posee lencería que nunca lleva para su marido.
Isabelle.
Mujer de superficie lisa y de interior ardiente.
Mamá por la mañana, amante inconfesada por la noche.
Y en el cajón de abajo de su cómoda, algunos secretos que aún palpitan suavemente.