Mis aventuras en couchsurfing
capítulo 2📝 877 palabras👁 21 vistas

El encuentro con Thomas

El encuentro con Thomas

¡Bordeaux, por fin! Tras el jueguito súper caliente con Gilles en el tren, llego a la estación Saint-Jean con las mejillas todavía un poco sonrojadas. Cojo el tranvía hacia el centro y saco el móvil para escribirle a Thomas, mi anfitrión de couchsurfing de esta noche.
Es un chico que encontré en la app, 28 años, perfil impecable, fotos de un piso majo y de él con una sonrisa tímida. Aceptó mi solicitud al instante y, la verdad, me intriga bastante.

«¡Hola Thomas! Ya he llegado a Bordeaux, estaré abajo de tu casa sobre las 19:30, ¿te va bien? 😊»

Responde en menos de dos minutos: «¡Sí, perfecto! Te esperaré abajo del edificio.» Qué mono ya de entrada.

Cuando llego frente al edificio en el barrio Saint-Pierre, está ahí, puntualísimo. Wow, en persona parece mucho más joven que en las fotos, como mucho 23-24. Un poco flacucho, pelo revuelto, gafas y… uf, se ha echado perfume para una semana. Huele a adolescente que quiere impresionar demasiado. Me da dos besos algo torpemente, ya sonrojado, y se nota que está súper intimidado.

Apuesto a que es la primera vez que una chica duerme en su casa.

Subimos a su piso, un pequeño dos habitaciones limpio pero un poco vacío, rollo soltero de toda la vida. Dejo mi mochila y empiezo a hablar porque él apenas dice tres palabras. Le hago mil preguntas: trabajo (informático, teletrabajo), aficiones (videojuegos, series), y poco a poco se va soltando.

Confiesa que es soltero «desde siempre, en realidad». Le pongo mi sonrisa más dulce: «Tranquilo, eres mono, ¡ya llegará!»

Decidimos cenar algo juntos. Ha preparado pasta carbonara, sencillo pero rico, y abrimos una botellita de vino tinto. Después me propone salir a tomar algo al barrio Saint-Michel, justo al lado. El ambiente está genial, bares animados, pedimos mojitos y ahí ya se suelta más.

Se ríe con mis bromas, me mira demasiado tiempo a los ojos… se nota que está completamente embobado.

De camino a casa vamos los dos con la cabeza un poco alegre. Al llegar a la puerta del piso le suelto riendo: «¿Me invitas a la última copa en tu casa o me voy directa a dormir?» Se pone rojo como un tomate, balbucea «eh… sí… claro… si quieres…» y abre la puerta casi temblando. Demasiado cute.

Nos sentamos en el sofá, terminamos la botella de vino. Y en un momento de silencio suelta bajito: «En realidad… nunca he tenido novia. Y… sigo siendo virgen.» Lo dice mirando al suelo, muerto de vergüenza. Yo, en vez de compadecerlo, siento una oleada de excitación. Es tan inocente, tan torpe… me dan ganas de jugar.

Me acerco un poco, pongo mi mano en su brazo. «Oye, tienes tiempo, ¡solo tienes 28! No pasa nada. Hay gente que espera mucho más y eso hará que el momento sea aún más especial.» Me mira con ojitos de perrito abandonado y veo que está a punto de romperse.

Me ofrece que coja la cama y él el sofá. «¡No, estás en tu casa, puedo dormir en el sofá yo!» le digo, pero insiste. Entonces le suelto: «Vale, pero estoy sucia del viaje… ¿te importa si me ducho rápido?» Niega con la cabeza: «No, no, ¡adelante!»

Me meto en el baño, me doy una ducha bien caliente y decido divertirme un poco. Salgo solo con la toalla alrededor, bien ajustada pero corta, y paso por delante de él en el salón con una sonrisita pícara. «¡Voy a ponerme el pijama!» Apartó la mirada, pero sé que está mirando.

En la habitación dejo la puerta entreabierta a propósito. Suelto la toalla, me quedo desnuda dos segundos sabiendo que podría verme si pasa por ahí, y me pongo mi camisita ultracorta, de esas que apenas cubren el culo y marcan todo. Sin bragas, obviamente.

Vuelvo al salón para darle las buenas noches. Ya está en pijama, sentado en el sofá y… madre mía. Hay una erección enorme marcándose en el pantalón. Cruza las piernas para esconderla, pero tarde, ya la vi.

Me siento enfrente en el sillón, abro un poquito las piernas para que tenga vista directa a mi coñito bien depilado (solo una fina tira, me encanta).

«¿Vas a poder dormir en el sofá con… eso?» le pregunto señalando el bulto con una sonrisa traviesa. Se pone morado, balbucea «eh… sí… vale…» y pone un cojín encima de las piernas.

Me río bajito. «¿Seguro? Porque no es sano quedarte así, ¿sabes…? Deberías aliviarte un poco. Te relajaría.» Me mira horrorizado. «¿Cuándo fue la última vez que lo hiciste?» Murmura «Ayer por la noche…» sin mirarme.

Me levanto, me siento justo a su lado en el sofá, pegadita. «Venga, puedes hacerlo ahora, no me molesta para nada. Al contrario, hasta me divierte.» Niega con la cabeza, muerto de vergüenza: «No… no puedo… no delante de ti…»

Decido ir más allá. Meto la mano despacito por debajo del elástico de su pijama y apenas rozo su polla cuando ya está durísima… ¡y pum! Un chorro enorme de semen sale disparado al instante, por todo el pijama, por mi mano, caliente y abundante. Gime sin poder controlarse, ojos cerrados, completamente sobrepasado.

Retiro la mano riendo suave y me chupo un poco los dedos delante de él solo para volverlo loco del todo. «Wow… estabas realmente a tope, ¿eh?» Está ahí jadeando, rojo como un tomate, incapaz de hablar.

Esta noche promete… interesante. 😏