Mi nueva vida en París
capítulo 5📝 966 palabras👁 3 vistas

El festival de la polla en directo

El festival de la polla en directo

Quinta noche – sí, ya perdí la cuenta, pero nos la suda. El día en la oficina fue un festival de PowerPoints aburridos y cafés que saben a agua de calcetines. Llego a casa, pego un portazo, me quito la corbata como si me hubiera estado estrangulando todo el día, y directo a mi puesto de observación favorito: el ventanal, cortinas bien abiertas. A estas alturas debería instalar un sillón y un dispensador de pañuelos, sería más honesto.

21 h, empieza el espectáculo. El bebé por fin está dormido –gracias Dios de los culitos en pijama– y la mamá aparece en el salón con una toalla de baño que finge «cubrir algo». En realidad es una microtoalla que apenas tapa el premio gordo. Pelo mojado, gotas corriendo entre las tetas, pasa delante de su chico meneando el culo como una stripper de pueblo que ha visto demasiados clips. El tipo, en bóxers ya montados como una tienda Quechua, la mira con ojos de lobo hambriento. Ella finge buscar algo alto, la toalla se sube, y ¡zas!: culo al aire, coño recién depilado, pack VIP completo. Él se le echa encima, la toalla vuela, y en tres segundos desaparecen en el dormitorio arrancándose los últimos trapos. Luz apagada. Fin del teaser. Estos cabrones me han dejado con las ganas, follan a oscuras como católicos avergonzados. Gracias por nada, tacaños.

Por suerte la rubia cañón del piso de arriba salva la situación. Sigue paseando en lencería negra ultra sexy, hoy con liguero de regalo. Pasa el tiempo inclinándose: en la nevera (culo en pompa, tanga hundido como un cordel en un asado), en el salón (tetas desbordando el sujetador en cada movimiento), en el dormitorio (se quita el sujetador para ponerse algo transparente, pezones duros saludando a la cámara –o sea, a mí–). La verdad, si sigue así le voy a mandar flores con una nota: «Gracias por no cerrar las cortinas, besos de tu mano derecha favorita.»

22 h en punto. Se enciende la luz en casa de la abuela. Mi corazón hace «bum» como un adolescente viendo su primer par de tetas. Después del fiasco de ayer cuando me pilló con la polla en la mano, me escondo a un lado como un ninja pervertido. Pienso: va a cerrar las persianas, llamar a la poli o al menos poner un cartel «PERVERSOS FUERA». Nada.

Entra tranquila como siempre y empieza su pequeño strip habitual. Blusa, pantalón, luego se quita el sujetador reforzado de abuela. Las dos melonas flácidas caen como sacos de patatas, pezones apuntando al suelo como diciendo «abandonamos la misión hace 30 años». Mira hacia mi ventana. Estoy medio escondido, pero me pilla al instante. Y entonces… sonríe. Una sonrisa de vieja coqueta que acaba de encontrar un juguete nuevo.

Me quedo congelado, la polla ya diciendo hola en el chándal. Ella, mirándome como gata a ratón, coge su bragota beige grande (de las que podrían servir de paracaídas) y la desliza despacio por sus muslos blandengues. Se inclina un poco, separa las piernas justo lo suficiente para que vea el matorral gris en todo su esplendor. Sin duda: la abuela quiere espectáculo. Quiere que la mire. Quiere que me ponga duro por ella.

¿Y lo peor? Funciona. Mi polla está dura como si tuviera 15 años y acabara de descubrir YouPorn. La saco directamente, empiezo a pajearme mirándola a los ojos a través de la calle. Ella se sienta en la cama, separa los muslos (no pedía tanto, joder), y mete una mano arrugada directo en su viejo coño peludo. Se acaricia despacio, me mira fijamente, masajea una teta flácida con la otra mano. Yo me la meneo como loco, la polla morada de morada.

Es totalmente de locos. Objetivamente es fea como el culo de un babuino, piel arrugada, todo cuelga, todo debe oler a naftalina. Pero saber que me mira pajearme, que se mete dedos pensando en mi polla… joder, estoy al borde de explotar. Nuestras miradas están pegadas, nos desafiamos a distancia. Ella acelera, las caderas hacen pequeños movimientos de pelvis, la boca se abre como si gimiera «venga mi niño grande». Yo suelto todo: me corro como un géiser contra el cristal, chorros gordos calientes que hacen «plas plas» y corren como pintura blanca. Al verme correrse, cierra los ojos, todo su cuerpo flácido se tensa, y JURO que se corre también. La abuela acaba de tener un orgasmo gracias a mí.

Me quedo ahí, jadeando, la polla goteando, preguntándome si no habré cruzado una línea que nunca se debería cruzar. Ella me guiña un ojo cómplice, apaga la luz y se va a dormir como si nada.

Me meto a la ducha para intentar lavarme el alma al mismo tiempo que el cuerpo. Huevos vacíos como nunca, me dejo caer en el sofá con el móvil para hacer un poco de scroll. Abro TikTok por inercia, y ahí… milagro de la tecnología moderna: en la primera búsqueda, ¡BOOM!, es ella. Lena. La pequeña calentorra de las guirnaldas rosas. Directo en curso, ya 150 espectadores, todos pobres diablos tirando gifts para que enseñe un pezón. Miro por la ventana: sí, es en directo, está ahí, en mini crop top, haciendo su pequeño baile de putita en formación.

La abuela debe estar roncando, la pareja ha apagado todo (seguro que terminaron de follar como animales en la oscuridad), y yo estoy aquí mirando a una cría de 18 años que está poniendo duro a todo el planeta.

¿Y lo peor de todo esto? Pienso en la abuela. En su mirada mientras me corría como un adolescente. Me doy asco profundo. La verdad, es guarro, es feo, no soy yo. Pero joder… solo de pensarlo otra vez siento que la polla se me mueve de nuevo bajo el chándal.

París, me estás convirtiendo en un monstruo. Y lo peor es que me encanta.