Mi nueva vida en París
capítulo 1📝 1,115 palabras👁 8 vistas

La mudanza

La mudanza

Hola, soy David, 27 años, soltero empedernido y recién llegado a la jungla parisina. Crecí en Poitiers, en casa de mis padres, en una casita tranquila donde el mayor drama era cuando el vecino cortaba el césped un domingo por la mañana. Después de un máster en finanzas de mercado –sí, me maté estudiando para eso–, aterricé en un gran banco en Tours. Dos años analizando curvas y tomando cafés asquerosos con compañeros que hablaban más de fútbol que de mercados. Y luego, ¡bingo!: puesto de asistente trader en La Défense. Sueldo que pone cachondo, oficina con vistas a los rascacielos y la oportunidad de huir de la provincia, donde las únicas emociones eran las rebajas en Leclerc.

Septiembre 2025, aquí estoy en Levallois-Perret, rue Louis Rouquier, en un apartamento de categoría en la sexta planta. La verdad, para un tipo como yo que viene del campo poitevino, es un sueño: parquet nuevo, cocina equipada y un ventanal enorme que da a… bueno, a otro edificio, obviamente. París, qué le vamos a hacer.

¿La mudanza? Un desastre memorable. Mi colega William, ese grandullón fiel desde el instituto, hizo el viaje desde Poitiers con su furgoneta de mierda para ayudarme. Pasamos el día subiendo cajas, sudando como cerdos y discutiendo porque casi rompe mi pantalla de 55 pulgadas. «¡Cuidado, gilipollas, que es mi única compañía para las noches solitarias!», le solté. Se partió de risa y me dijo que por fin encontraría una parisina que sustituyera a Pornhub. Sí, claro, buen intento, pero de momento sigue siendo mi mano derecha la que cumple.

Una vez todo desempacado, William se largó de vuelta –«¡Suerte con los pijos de la capital, tío!»– y me quedé solo en ese piso vacío que todavía olía a nuevo. La víspera de mi primer día de curro estaba reventado pero excitado. Abrí una cerveza, puse música y me planté delante del ventanal a admirar las vistas. O más bien, a fisgonear lo que pasaba enfrente.

Joder, qué descubrimiento. El edificio de enfrente está a apenas veinte metros, y las ventanas quedan justo enfrente. Al caer la noche, cuando se encienden las luces, es como un puto espectáculo gratis. La mayoría de la gente no se molesta en cerrar las persianas o en tapar bien la vista. Los idiotas. Al principio cerré las mías por puro reflejo provinciano –en casa no nos gusta que nos miren–. Pero la curiosidad pudo más, así que las entreabrí un poco para ver.

Primero, esa pareja joven con bebé. La tía, una morena de unos 30, bien buena con curvas que aguantan después de tener un crío, paseaba por el salón en sujetador y bragas. Nada muy fuerte, pero joder, ver cómo le rebotaban las tetas suavemente mientras acunaba al pequeño… me hizo sonreír. El tío estaba tirado en el sofá viendo la tele. Pobre hombre, tiene eso delante todas las noches y prefiere Netflix.

Luego, un piso más abajo, una abuela. Bien entrada en los 70. En un momento entra en su dormitorio, enciende la luz y empieza a desnudarse tranquilamente. Se quita la blusa, el pantalón y zas, se queda en una combinación beige fea. Pechos caídos, piel arrugada… La verdad, nada excitante, pero había algo creepy en ese voyeurismo que me dejó clavado. Lo hacía sin ninguna vergüenza, como si estuviera sola en el mundo. Las abuelas pasan literalmente de todo.

…Y luego está esa habitación justo enfrente, un piso más abajo, con guirnaldas de luces rosas que parpadean como en un vídeo cutre de TikTok. La puerta entreabierta, luz tenue, y dentro hay una chavala que no debe tener más de 18 –quizá ni eso, pero digamos que sí para no sentirme demasiado cerdo.

Está sentada en la cama con las piernas cruzadas, el móvil en un trípode frente a ella, con un vestidito blanco de tirantes tan ajustado que no deja nada a la imaginación. Sus tetas, joder, redondas, firmes, de las que explican por qué las adolescentes pasan la vida grabando eso. La tela es tan fina que incluso veo los pezones marcándose ligeramente cuando se ríe fuerte.

Está en videollamada con alguien –una amiga, un tío, varios tíos, quién sabe. Habla alto con esa voz aguda de adolescente excitada y no para de moverse. En un momento se levanta de un salto, da una vuelta con los brazos en alto: «¡Mirad el modelito nuevo que me he comprado, qué pasada, no?» El top se sube un poco, deja ver el vientre plano y el piercing en el ombligo. Luego se inclina hacia el móvil, las tetas casi saliéndose del tejido, y pone morritos tipo «¿qué os parece, chicos?» mientras se muerde el labio.

Estoy ahí, pegado al cristal, la cerveza olvidada en la mesa, y siento que la polla empieza a ponérseme dura de verdad en el chándal. Esta niñata sabe perfectamente lo que hace. Se vuelve a sentar, cruza las piernas, luego las descruza despacio mientras se ríe de un chiste que no oigo. De vez en cuando se pasa la mano por el pelo largo, lo echa hacia atrás, lo que hace que el top suba aún más. Una teta casi se sale del todo, pero la recoloca con un gesto falsamente inocente mientras sigue charlando.

En un momento se pone de rodillas en la cama, de espaldas a la ventana –gracias, Dios– y se agacha a recoger algo del suelo. El culotte de algodón ultracorto se le sube de golpe, y me llevo una vista perfecta de sus bragas rosas metidas entre las nalgas. Se queda así unos segundos, perfectamente consciente de que la cámara (y yo, lo mismo da) lo está viendo todo. Incluso mueve un poco el culo riéndose: «Uy, se me ha caído el cargador».

Trago saliva. Mi polla ya está tiesa contra la tela del chándal. Todavía no me toco, pero joder, es difícil resistirse. Esta cría pasa la noche calentando a todo el mundo sin saber que un tío de 27 años al otro lado de la calle la está devorando con la mirada como un hambriento.

Al final se sienta otra vez, coge el móvil y lanza un beso volado a la cámara: «Bueno chicos, me voy a duchar, luego igual vuelvo para otro directo…» Guiña un ojo, corta la videollamada, pero deja la luz encendida. Y yo me quedo ahí plantado como un idiota, esperando que vuelva pronto.

París, la verdad, me estás mimando desde la primera noche.

Estaba ahí, cerveza en la mano, mirando todas esas pequeñas vidas como un pervertido en potencia. Solo en mi piso, con la polla despertándose poco a poco. ¿Esto es la vida real en París? Si es así, firmo por diez años. Mañana primer día de curro, pero esta noche… esta noche ya había encontrado mi nuevo pasatiempo.